Edward Gibbon traducido por josé mor fuentes. Capítulo Primero



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Historia de la decadencia y ruina del Imperio Romano

Edward Gibbon



TRADUCIDO POR JOSÉ MOR FUENTES.

Capítulo Primero


Extensión y fuerza militar del Imperio en tiempo de los Antoninos.
En el segundo siglo de la era cristiana, abarcaba el Imperio de Roma la parte más florida de la tierra y la porción más civilizada del linaje humano. Resguardados los confines de tan dilatada monarquía con la fama antigua y el valor disciplinado, el influjo apacible y eficaz de leyes y costumbres había ido gradualmente hermanando las provincias. Disfrutaban y abusaban sus pacíficos moradores de las ventajas del caudal y el lujo, y conservábase todavía con decoroso acatamiento la imagen de una constitución libre. Poseía al parecer el senado romano la autoridad soberana, y trasladaba a los emperadores la potestad ejecutiva del gobierno.

Por el espacio venturoso de más de ochenta años, manejó la administración pública el pundonoroso desempeño de Nerva, Trajano, Adriano y los dos Antoninos; y tanto en éste como en el siguiente capítulo, vamos a describir la prosperidad, y luego, desde la muerte de Marco Antonino, a puntualizar las circunstancias más abultadas de su decadencia y ruina: trastorno para siempre memorable y todavía perceptible entre las principales naciones del orbe.

Las grandiosas conquistas de los romanos fueron obra de la república, y los emperadores se solían dar por satisfechos con afianzar los dominios granjeados por la política del senado, la emulación de los cónsules o el marcial entusiasmo del pueblo. Rebosaron los siete siglos primeros de incesantes y ostentosos triunfos; pero quedaba reservado para Augusto el orillar el ambicioso intento de ir avasallando la tierra entera y plantear el sistema de la moderación en los negocios públicos.

Propenso a la paz por temple y situación, érale obvio el echar de ver que a Roma ensalzada a la cumbre le cabían muchas menos esperanzas que zozobras en el trance de las armas; y que en el empeño de lejanas guerras díficultábase más y más el avance, aventurábase más el éxito, y resultaba la posesión en extremo contingente cuanto menos provechosa.

La experiencia de Augusto fue dando mayor gravedad a estas benéficas reflexiones, y vino a persuadirle que con el atinado brío de sus disposiciones afianzaría desde luego cuanto rendimiento requiriesen el señorío y la salvación de Roma por parte de los bárbaros más desaforados. Ajeno de exponer su persona y sus legiones a los flechazos de los partos, consiguió, por medio de un tratado honorífico, la restitución de los pendones y los prisioneros cogidos en la derrota de Craso 1.

Intentaron sus generales, en el primer tercio de su reinado, sojuzgar la Etiopía y la Arabia Feliz, y marcharon más de trescientas leguas al sur del trópico; pero luego el ardor del clima rechazó la invasión y apadrinó a los desaguerridos moradores de tan arrinconadas regiones 2. El norte de Europa no era acreedor a los gastos y fatigas de la conquista; pues las selvas y pantanos de Germania hervían con una casta brava, despreciadora de la vida sin libertad, y aunque en el primer encuentro aparentaron ceder al empuje del poderío romano, luego, por un rasgo de desesperación, recobraron su independencia, y recordaron a Augusto las vicisitudes de la suerte 3. Al fallecimiento de aquel emperador, leyóse públicamente en el senado su testamento, que dejaba por herencia de entidad a sus sucesores el encargo de ceñir el Imperio en aquellos confines que la naturaleza había colocado al parecer como linderos o baluartes permanentes; al poniente, el piélago Atlántico; el Rin y el Danubio al norte, y los arenales desiertos de la Arabia y del África por el mediodía 4.

Felizmente para el sosiego humano, acosados de vicios y zozobras, aviniéronse sus inmediatos sucesores al plácido sistema reencarnado por la cordura de Augusto. Embargados en sus liviandades y tiranías, apenas asomaron los primeros césares por sus ejércitos ni provincias, ni les era genial el tolerar que sus lugartenientes entendidos y esforzados se engriesen con unos triunfos que desatendía su flojedad. La nombradía militar de un súbdito llevaba visos de invasión desmandada contra las ínfulas imperiales; y todo general romano, a impulsos de su obligación y de su interés, tenía que resguardar los confines que le competían, sin aspirar a conquistas cuyo paradero no fuese menos aciago para él mismo que para los bárbaros avasallados 5.

El único aumento que cupo al Imperio en el primer siglo de la era cristiana se redujo a la provincia de Bretaña. Sólo en este caso, los sucesores de César y de Augusto se dejaron llevar por las huellas del primero antes que por el mandato del segundo. Su inmediación a la costa de la Galia estaba convidando a sus armas; y el concepto halagüeño, aunque dudoso, de una pesquería de perlas cebaba su codicia 6; y como la Bretaña se aparecía allá como un mundo aislado y diverso, apenas se miraba su conquista como excepción del general sistema del arreglo continental.

Tras una guerra como de cuarenta años, entablada por el más negado 7, sostenida por el más disoluto, y terminada por el más medroso de todos los emperadores, quedó la mayor parte de la isla sujeta al yugo romano 8. Las tribus diferentes de bretones poseían denuedo sin tino y ansia de libertad sin concordia. Tomaron las armas con bravío desenfreno y las arrojaron luego, o bien las volvieron unos contra otros, y mientras peleaban separadamente y sin tesón, vinieron a quedar avasallados todos. Ni la fortaleza de Caráctaco, ni la desesperación de Boadicea, ni el fanatismo de los druidas acertaron a evitar la servidumbre de su patria, ni a contrarrestar el ahínco de los caudillos imperiales que seguían afianzando la gloria nacional, mientras horrorizaba el trono la afrenta de la más rematada bastardía. Al propio tiempo que Domiciano, emparedado en su alcázar, adolecía del pavor que estaba infundiendo, sus legiones, a las órdenes del pundonoroso Agrícola, arrollaron las hacinadas fuerzas de los caledonios, a las faldas de la serranía Grampia, y sus escuadrillas, arrojándose a navegaciones azarosas y desconocidas, ostentaron las armas romanas en torno de toda la isla. Conceptuábase ya coronada la conquista de Bretaña, y era el intento de Agrícola el acabalar y afianzar su logro con el allanamiento muy obvio de la Irlanda, para lo cual bastaba una legión sola con algunos auxiliares 9. Podía aquella isla occidental encumbrarse a posesión apreciable, y los bretones se avendrían con menos repugnancia a cargar con su cadena, en retrayendo de su vista la presencia ejemplar de la independencia.

Pero la esclarecida sobresalencia de Agrícola motivó luego su remoción del gobierno de la Bretaña y acarreó para siempre el malogro de aquel atinado y grandioso plan de avasallamiento. Antes de separarse el cuerdo adalid, había providenciado el afianzamiento de aquel dominio, pues hecho cargo de que la isla viene a quedar dividida en dos porciones iguales por los golfos contrapuestos, llamados en el día los Freos de Escocia, atravesando el corto trecho de unas doce leguas, fue planteando una línea fortificada de puntos militares, que se robusteció, en el reinado de Antonino Pío, con un malecón de césped, alzado sobre un cimiento de piedra 10. La muralla de Antonino, a corta distancia al frente de las ciudades modernas de Edimburgo y Glasgow, vino a ser el lindero de la provincia romana. Los caledonios siguieron conservando, al extremo septentrional de la isla, su desaforada independencia, que estribaba no menos en sus escaseces que en su denuedo. Rechazáronse con repetidos escarmientos sus correrías, mas nunca vino a quedar el país sojuzgado 11.

Los dueños de climas amenos y colmados daban con menosprecio la espalda a serranías lóbregas azotadas por aguaceros tempestuosos, a lagos encapotados con cerrazón pardusca y a unos yermos helados y yertos sobre los cuales huían acosadas las alimañas del bosque por una cuadrilla de bárbaros desnudos 12.

Tal era la situación de los confines romanos, y tales las máximas del sistema imperial desde la muerte de Augusto hasta el advenimiento de Trajano. Educado aquel príncipe activo y virtuoso a la soldadesca, y dotado de las prendas de caudillo 13, trocó el ocio pacífico de sus antecesores en trances de guerra y conquista; y por fin las legiones, tras larguísimo plazo, se gozaron capitaneadas por un emperador militar. Estrenó sus hazañas Trajano contra los dacios , nación belicosísima que moraba tras el Danubio, y que en el reinado de Domiciano insultaba a su salvo a la majestad de Roma 14. Hermanaban con la fiereza y pujanza de bárbaros el menosprecio de la vida, dimanado de. su entrañable concepto de la inmortalidad y la trasmigración de las almas 15. Acreditóse Decébalo, su rey, de digno competidor de Trajano, sin darse por desahuciado hasta apurar el postrer recurso de su entereza y desempeño 16. Esta guerra memorable, con brevísimas temporadas de supensión, duró cinco años; y árbitro el emperador de concentrar todas las fuerzas del estado, tuvo por paradero el absoluto rendimiento de los bárbaros 17. Tenía la nueva provincia de Dacia, que formaba la segunda excepción del encargo de Augusto, hasta cuatrocientas leguas de circuito, siendo sus límites naturales el Teis o Tibisco, el Niester, el Bajo Danubio y el Ponto Euxino.

Rastréase todavía el camino militar desde la orilla del Danubio hasta las cercanías de Bender, paraje muy sonado en la historia moderna, como el confín actual de los imperios de Rusia y Turquía 18.

Ansioso estaba Trajano de nombradía; y mientras sigan los hombres vitoreando más desaladamente a sus verdugos que a sus bienhechores, el afán de la gloria militar será siempre el achaque de los ánimos más encumbrados. Las alabanzas de Alejandro, entonadas por historiadores y poetas, habían encendido una emulación peligrosa en el pecho de Trajano. A su ejemplo, emprendió el emperador romano una expedición contra las naciones de Oriente; pero se lamentó suspirando de que su edad avanzada cortaba los vuelos a su esperanza de igualar la nombradía del hijo de Filipo 19. Descolló sin embargo Trajano, aunque pasajeramente, con gloria muy sonada. Los partos, ya degenerados y exhaustos con sus discordias intestinas, huyeron a su presencia, y bajó triunfalmente por el Tigris desde las cumbres de Armenia hasta el golfo Pérsico. Logró el timbre de ser el primero y último general romano que llegó a navegar por aquellos lejanos mares. Talaron sus escuadras las costas de Arabia, y engrióse equivocadamente Trajano de haberse asomado hasta los confines de la India 20. Atónito el senado, estaba todos los días oyendo nuevos nombres de naciones rendidas a su prepotencia.

Participáronle que los reyes del Bósforo, Colcos, Iberia, Albania, Ofroene, y hasta el monarca mismo de los partos, habían recibido sus diademas de la diestra del emperador; que las tribus independientes de las sierras Carducas y Medas habían implorado su dignación, y que los opulentos países de Armenia, Mesopotamia y Asiria quedaban reducidos a la clase de provincias 21. Enlutó la muerte de Trajano tan esplendorosa perspectiva, y era fundamento de temer que tantas y tan remotas naciones sacudirían allá el recién uncido yugo, en no permaneciendo enfrenadas por la prepotente mano que se lo había impuesto.

Prevalecía la tradición inveterada de que, al fundarse el Capitolio por uno de los reyes romanos, el dios Término (que presidía a los linderos, y se representaba al estilo de aquel tiempo con una gran piedra) fue, de todas las deidades inferiores, la única que se negó a ceder su sitio al mismo Júpiter. Infirióse favorablemente de su pertinacia, interpretada por los agoreros que era un presagio positivo de que jamás vendrían a cejar los confines del poderío romano 22. Por espacio de largos siglos la predicción, como suele suceder, cooperó para su logro; pero el propio Término, que contrarrestó a la majestad de Júpiter, se doblegó al mandato del emperador Adriano 23, pues el descarte de todas las conquistas orientales de Trajano fue el estreno de su reinado. Devolvió a los partos la elección de su soberano independiente, retiró las guarniciones romanas de las provincias de Armenia, Mesopotamia y Asiria, y en desempeño del encargo de Augusto, restableció en el Éufrates el lindero del Imperio 24. Zahiérense los actos públicos y los motivos recónditos de los príncipes, y así se tildó de envidiosa la disposición de Adriano, que fue tal vez parto de su moderación y cordura. Los varios temples de aquel emperador, capaz a un tiempo de bastardías y de corazonadas grandiosas, suministran alguna margen a la sospecha; pero no cabía encumbrar más el esclarecimiento de su antecesor que confesándose inadecuado para el intento de resguardar aquellas conquistas.

Contraponíase la gallardía ambiciosa de Trajano con la moderación del sucesor; pero descollaba aun sumamente la actividad incesante de Adriano, en cotejo del sociego apacible de Antonino Pío. La vida de aquél se redujo a un viaje perpetuo; y atesorando al par el desempeño de guerrero y de estadista, iba regalando su curiosidad con el cumplimiento de sus obligaciones. Desentendiéndose de diferencias de climas, andaba a pie y descubierto por las nieves de Caledonia y los arenales abrasadores del Alto Egipto; ni quedó provincia en todo el Imperio que, en el discurso de su reinado, no se honrase con la presencia del monarca 25.

Pero el sosegado temple de Antonino Pío se vinculó en el regazo de Italia, y en el espacio de los veinte y tres años que empuñó el timón del estado, las peregrinaciones más dilatadas de aquel apacible soberano fueron tan sólo del palacio de Roma al retiro de su quinta en Lanuvio 26.

En medio de la diferencia en su conducta personal, atuviéronse igualmente Adriano y ambos Antoninos al sistema general de Augusto.

Afanados por sostener la grandiosidad del Imperio sin dilatar sus límites, valiéronse de arbitrios decorosos para ofrecer su amistad a los bárbaros, y se esmeraron en patentizar al mundo todo que el poderío romano, encumbrado sobre el apetito de más conquistas, tan sólo se profesaba amante del orden y de la justicia. Logró su ahínco afianzar uno y otro por el período venturoso de cuarenta y tres años, fuera de tal cual hostilidad pasajera que ejercitó provechosamente las legiones fronterizas, ofreciendo los reinados de Adriano y de Antonino Pío la perspectiva halagüeña de una paz incesante 27. Reverenciado el nombre romano por los ámbitos de la tierra, solía el emperador arbitrar en las desavenencias que sobrevenían entre los bárbaros más bravíos; noticiándonos un historiador contemporáneo haber visto desairados algunos embajadores que venían a solicitar el timbre de alistarse entre los vasallos de Roma 28.

El terror de las armas romanas robustecía y encumbraba el señorío y comedimiento de los emperadores, conservando la paz por medio de incesantes preparativos para la guerra; y mientras la equidad era la norma de sus pasos, estaban pregonando a las naciones que se desentendían al par de cometer y de tolerar tropelías. La fuerza militar, cuya mera planta fue suficiente para Adriano y el mayor de los Antoninos, tuvo que emplearse contra los partos por el emperador Marco. Provocaron los bárbaros hostilmente las iras del monarca filósofo, y en desempeño de su justísimo desagravio, lograron Marco y sus generales señaladas y repetidas victorias, tanto en el Éufrates como en el Danubio 29. La planta militar que en tal grado afianzó el sosiego y poderío del Imperio romano se nos ofrece desde luego como objeto grandioso y digno de nuestra atención.

En la primitiva y castiza república, vinculábase el uso de las armas en aquella jerarquía de ciudadanos amantes y defensores de su patria y haciendas, y partícipes en la formación y cumplimiento puntual de las leyes. Mas al paso que la libertad general se fue menoscabando con tantas conquistas, vino a encumbrarse la guerra a sistema y arte, asalariándola torpemente por otra parte 30. Las legiones mismas, cuando ya se estaban reclutando en provincias lejanas, se suponían compuestas de ciudadanos castizos; distinción que solía considerarse, ya como atributo legal, ya como galardón del soldado; pero el ahínco se cifraba principalmente en las prendas de edad, fuerza y estatura militar 31. En todo alistamiento, eran antepuestos los individuos del norte a los del mediodía, y para el manejo de las armas, los campesinos merecían la preferencia ante los moradores de las ciudades; y aun entre éstos, se conceptuaba atinadamente que el ejercicio violento de herreros, carpinteros y cazadores debía proporcionar más brío y denuedo que los oficios sedentarios y dedicados a los objetos de mero lujo 32. Orillado el requisito de propiedad, acaudillaban siempre los ejércitos romanos oficiales de nacimiento y educación hidalga; pero los meros soldados, al par de las tropas mercenarias de la Europa moderna, se alistaban entre las heces, y aun con frecuencia entre los mayores forajidos que afrentaban el linaje humano.

La virtud pública, que los antiguos llamaron patriotismo, nace del entrañable concepto con que ciframos nuestro sumo interés en el arraigo y prosperidad del gobierno libre que nos cupo. Este despertador incesante del incontrastable denuedo de las legiones republicanas alcanzaba ya escasamente a mover el ánimo en los sirvientes mercenarios de un déspota; y se hizo forzoso acudir a aquella quiebra con otros impulsos de igual trascendencia, a saber, el honor y la religión. El labriego y el menestral sentían la preocupación provechosa de ir a medrar en la esclarecida profesión de la milicia, donde sus ascensos y su nombradía serían parto de su propio valor; y aunque las proezas de un ínfimo soldado suelen ser desconocidas, su peculiar desempeño puede tal vez acarrear timbre o afrenta a la compañía, a la legión, y acaso al ejército de cuyos blasones es partícipe. Empeñaban, al alistarse, su juramento con ostentosa solemnidad, para nunca desamparar sus banderas, rendir su albedrío al mandato de los superiores, y sacrificar su vida a la salvación del emperador y del Imperio 33. El pundonor y la adhesión se daban la mano para vincular más y más la tropa con sus pendones; y el águila dorada, que encabezaba la legión esplendorosamente, era objeto de su devoción entrañable, conceptuándose no menos impío que afrentoso el abandonar en el trance la insignia sacrosanta 34. Dimanaban aquellos estímulos de la fantasía, y se robustecían con los impulsos más eficaces de zozobras y esperanzas. Paga puntual, donativos accidentales y premios establecidos tras el plazo competente, aliviaban las penalidades de la carrera militar 35, al paso que no cabía a la desobediencia o a la cobardía el evitar sus severísimos castigos. Competía a los centuriones el apalear, y a los generales el imponer pena capital, y era máxima inflexible de la disciplina romana que un buen soldado debía temer mucho más a sus oficiales que al enemigo. A impulsos de estas disposiciones, realzóse el valor de las tropas imperiales con un tesón y docilidad inasequibles con los ímpetus de los bárbaros.

Estaban además los romanos tan persuadidos de la inutilidad del valor sin el requisito de la maestría práctica, que una hueste se apellidaba con la voz que significa ejercicio 36, y los ejercicios militares eran el objeto incesante y principal de su disciplina. Instruíanse mañana y tarde los bisoños, y ni la edad ni la destreza dispensaban a los veteranos de la repetición diaria de cuanto ya tenían cabalmente aprendido. Labrábanse en los invernaderos tinglados anchurosos para que su tarea importante siguiese, sin menoscabo ni la menor interrupción, en medio de temporales y aguaceros, con el esmerado ahínco de que las armas en aquel remedo fuesen de peso doble de las indispensables en la refriega 37. No cabe en el intento de esta obra el explayarse en el pormenor de los ejercicios, notando tan sólo que abarcaban cuanto podía robustecer el cuerpo, agilizar los miembros y agraciar los movimientos. Habilitábase colmadamente el soldado en marchar, correr, brincar, nadar, portear cargas enormes, manejar todo género de armas apropiadas al ataque o a la defensa, ya en refriegas desviadas, ya en las inmediatas; en desempeñar varias evoluciones, y moverse al eco de la flauta en la danza pírrica o marcial 38. Familiarizábase la tropa romana en medio de la paz con los afanes de la guerra; y expresa atinadamente un historiador antiguo que peleara contra ellos que el derramamiento de sangre era la única circunstancia que diferenciaba un campo de batalla de un paraje de ejercicio 39.

Esmerábanse generales y aun emperadores en realzar estos estudios militares con su presencia y ejemplo, y nos consta que Adriano, al par de Trajano, solía allanarse a ir instruyendo a sus bisoños, galardonar a los sobresalientes, y a veces competir con ellos en primor y brío 40.

Descolló científicamente la práctica en aquellos reinados, y mientras conservó el Imperio alguna fuerza, mereció la enseñanza militar el concepto de cabal dechado de la disciplina romana.



Nueve siglos de guerra habían ido introduciendo en la milicia varias novedades y mejoras. Las legiones, según las describe Polibio 41en tiempo de las guerras púnicas, se diferenciaban sustancialmente de las que consiguieron las victorias de César, o defendieron la monarquía de Adriano y de los Antoninos. La planta de la legión imperial puede manifestarse en pocas palabras 42. La infantería recia, que constituía fundamentalmente su fortaleza 43, se cuarteaba en diez cohortes y en cincuenta y cinco compañías, a las órdenes de sus correspondientes tribunos y centuriones. La primera cohorte, poseedora del sitio más honorífico y del resguardo del águila, constaba de mil ciento y cinco soldados, descollantes en lealtad y valentía: las otras nueve se componían de quinientos cincuenta y cinco cada una, y el cuerpo total de la infantería legionaria ascendía a seis mil y cien hombres. Eran sus armas iguales y asombrosamente apropiadas al intento: celada abierta con erguido crestón, peto, cota de malla, grebas para las piernas, y en el brazo izquierdo un broquel anchuroso, cóncavo y prolongado, de cuatro pies de largo y dos y medio al través, labrado de madera liviana, y resguardado con cuero de buey y chapas de cobre. Además de una lanza ligera, empuñaba el infante su pavoroso pilum, venablo pesado que solía alargarse hasta seis pies, terminado por un bote triangular de acero de diez y ocho pulgadas 44. Inferior era a la verdad este instrumento a nuestras armas de fuego, pues sólo se desembrazaba a la distancia de diez o doce pasos, pero disparado por una diestra pujante y atinada, no se daba caballería que se arriesgase a su alcance, ni escudo o coraza que contrastase su poderoso empuje. Desembrazado el pilum, desenvainaba el romano su espada, abalanzándose al enemigo. Era su espada una hoja española de dos filos que hacía veces de alfanje y de estoque; pero el soldado estaba impuesto en usar más bien el arma de punta que de corte, pues así resguardaba su cuerpo y causaba mayor y más certera herida a su contrario 45. Solía formarse la legión a ocho de fondo, y como tres pies de espacio venían a quedar a cada individuo, así entre las hileras como entre las filas 46. Un cuerpo de tropas acostumbrado a conservar este orden desahogado, en dilatado frente y en el ímpetu del avance, estaba siempre hábil para desempeñar el movimiento que requería el trance y disponía el caudillo. Cabíale al soldado el trecho necesario para manejarse con sus armas, y se franqueaban además intermedios adecuados, a fin de que pudieran ir acudiendo refuerzos para relevar a los que se iban imposibilitando 47. Fundábase la táctica griega o macedonia en otros elementos, pues la pujanza de la falange estribaba en diez y seis órdenes de lanzones apuntados en rastrillo 48; pero luego se echó de ver, por la reflexión y la práctica, que el poderío de la falange no alcanzaba a contrarrestar la actividad de las legiones 49. La caballería, sin la cual quedaba la prepotencia de la legión descabalada, se dividía en diez trozos o escuadrones:

el primero, como acompañante de la primera cohorte, constaba de ciento treinta y dos hombres, al paso que los otros nueve se reducían a sesenta y seis individuos; y su planta entera venía, hablando a fa moderna, a formar un regimiento de setecientos veinte y seis caballos, embebidos de suyo en su legión respectiva, pero separados a las veces para obrar en línea y componer parte de las alas del ejército 50. No constaba ya la caballería de los emperadores, como en tiempo de la república, de la mocedad hidalga de Roma e Italia, que desempeñando su servicio de a caballo, se iba habilitando para los cargos de senadores y cónsules y se granjeaba los votos venideros de sus compatricios 51. Con el estrago de costumbres y gobierno, los más acaudalados del orden ecuestre se engolfaban en la administración de justicia 52; y si se alistaban para las armas, se les confería inmediatamente el mando de un escuadrón a caballo o de una cohorte de infantería 53. Formaban Trajano y Adriano su caballería de las idénticas provincias y de la misma clase de individuos con quienes reponían las filas de la legión. Las remontas salían de España y de Capadocia generalmente; y los jinetes romanos menospreciaban aquella armadura cerrada donde se encajonaba la caballería oriental, siendo sus armas preferentes celada, broquel prolongado, cota de malla y un chuzo y espada larga y ancha para ofender, pues tomaron al parecer el uso de lanzas y mazas de los bárbaros 54.

Cifrábanse principalmente en las legiones la salvación y la gloria del Imperio, pero aveníase la política romana a echar mano de cuanto fuese conducente para la guerra. Aprontábanse reclutas comúnmente por las provincias que todavía no se habían hecho acreedoras al distintivo de la ciudadanía. Varios príncipes dependientes o pueblos fronterizos gozaban su libertad y seguridad mediante el feudo de su servicio militar 55; y aun tercios selectos de bárbaros enemigos tenían que estar consumiendo su azaroso denuedo por climas lejanos en beneficio del estado 56.

Comprendíanse todos éstos bajo el nombre general de auxiliares, y por más que fuesen variando según el nombre y las circunstancias, por maravilla abultaban menos que las legiones 57; y aun los cuerpos sobresalientes de los mismos auxiliares iban a las órdenes de prefectos y centuriones, quienes los adiestraban esmeradamente en el pormenor riguroso de la disciplina romana; pero la mayor parte seguían guerreando con las armas idénticas y geniales de su país, a cuyo uso estaban adecuadamente avezados. Bajo este sistema, cada legión, con sus competentes auxiliares, contenía en sí todo género de tropas ligeras, y armas arrojadizas, y se hallaba hábil para pelear con cualquiera nación sin menoscabo de armas y de disciplina 58. Tampoco carecía la legión de cuanto en el idioma moderno se llama artillería, constando de diez máquinas de mayor y cincuenta y cinco de menor cuantía, y unas y otras disparaban oblicua u horizontalmente a raudales piedras y flechas con ímpetu irresistible 59.

Asomaba un campamento romano con muestras de verdadera fortaleza 60. Delineado el sitio, acudían los cavadores ejecutivamente a despejarlo y allanarlo en cuadrada y debida forma; y se computa que el recinto de unas mil varas abarcaba a veinte mil romanos, al paso que, con las tropas nuestras, este crecido número ofrecería al enemigo hasta triplicado frente. Descollaba en medio el pretorio, o vivienda del general, sobre las demás, ocupando la caballería, la infantería y los auxiliares sus respectivos lugares. Sus calles o andenes eran desahogados, rectos, y dejaban un espacio de cien pies en derredor entre las tiendas y el muro.

Este solía tener doce pies de altura, con su recia y entretejida estacada y un foso de doce pies también de hondo y de ancho. Este afán corría a cargo de los legionarios mismos, tan duchos en el manejo del azadón y del zapapico cual en el de la espada o el pilum. Cabe ser nativo el denuedo; pero tan sufrido esmero sólo puede ser parto del sumo ejercicio y consumada disciplina 61.

Al sonido del clarín se rompía la marcha, viniendo instantáneamente abajo el campamento, y encajonándose la tropa en sus filas sin revueltas ni demora. Además de las armas, que para los legionarios no servían de estorbo, iban cargados con el ajuar de cocina, la herramienta de fortificación y el abasto para varios días 62. Con tanto peso, que abrumara a todo soldado moderno, estaban adiestrados en andar ordenadamente como siete leguas en seis horas 63; y al asomar el enemigo, deponían su carga, y con prontas y desahogadas evoluciones, pasaban de la columna de marcha al orden de batalla 64. Escaramuzaban al frente los honderos y flecheros; formaban los auxiliares la primera línea al arrimo del recio de las legiones; ceñía los costados la caballería, y quedaban las máquinas a retaguardia.

Tales eran las artes guerreras con que resguardaban los emperadores romanos sus dilatadas conquistas, y seguían atesorando aquel brío militar, cuando ya todas las demás virtudes yacían bajo el cieno del lujo y del despotismo. Si en el pormenor de sus ejercicios, tras el bosquejo de su disciplina, tratamos de puntualizar su número, carecemos de datos para conseguirlo. Puédese regular sin embargo que la legión, constando de seis mil ochocientos treinta y un romanos, ascendía, con sus competentes auxiliares, a doce mil y quinientos hombres. El total sobre el pie de paz por Adriano y sus sucesores componía hasta treinta de tan formidables cuerpos, y formaban probablemente una fuerza constante de trescientos setenta y cinco mil individuos. En vez de encerrarse en el recinto de ciudades muradas, que los romanos conceptuaban de asilos para la flaqueza, acampaban las legiones por las riberas de los ríos mayores, o en los confines de los bárbaros; y como estos apostaderos solían ser invariables, cabe el ir delineando la distribución individual de la tropa. Bastaba una legión para Bretaña; pero la fuerza principal cubría el Rin y el Danubio, consistiendo en diez y seis legiones bajo la proporción siguiente: dos en la Germania Baja, y tres en la Alta, una en Recia, otra en la Nórica, cuatro en Panonia, tres en Mesia, y dos en Dacia.

Defendían el Éufrates ocho legiones, seis acuarteladas en Siria, y las otras dos en Capadocia. En cuanto al Egipto, África y España, por cuanto estaban desviadas del teatro principal de la guerra, acudía una sola legión a conservar el sosiego de cada una de estas provincias. Ni carecía tampoco la Italia de su resguardo militar. Más de veinte mil soldados selectos y señalados con los títulos de cohortes ciudadanas y guardias pretorianas, celaban día y noche y custodiaban al monarca y la capital. Promovedores de cuantas revoluciones vinieron a desencajar el Imperio, los pretorianos han de llamar y aun embargar nuestra atención; mas no echamos de ver ni en su planta ni en su armamento circunstancia alguna que los diferencie de las legiones, sino su boato e indisciplina 65.

Aparece allá la marina de los emperadores como desproporcionada a su poderío; mas era suficiente para acudir a las urgencias del estado.

La ambición romana era toda continental, y así jamás descolló aquel pueblo guerrero con la gallardía de Tiro, Cartago, y aun Marsella, que ansiaban dilatar más y más los linderos del orbe, y cuyos navegantes llegaron a descubrir las costas más recónditas del Océano. Aterró siempre más que halagó el piélago a los romanos 66; y volcada Cartago y exterminada la piratería, vino a quedar el Mediterráneo entero cercado por sus provincias. Ciñóse pues la política imperial a ejercer el señorío de este solo mar, apadrinando el comercio de sus industriosos súbditos.

Bajo este sistema tan moderado situó Augusto dos escuadras fijas en los puntos más adecuados de Italia, una en Ravena sobre el Adriático, y la otra en Miseno dentro de la bahía de Nápoles. Llegaron por fin los antiguos a palpar con la experiencia que en sobrepujando las galeras a dos, o lo más, tres órdenes de remos, venían a reducirse a mero boato, sin el menor servicio efectivo; y el mismo Augusto había presenciado en la victoria de Accio la superioridad de sus fragatas veloces (llamadas liburnias) contra los empinados y torpes castillos de su competidor 67.

Compuso ambas armadillas de Ravena y Miseno con estas liburnias, apropiadas para dominar, una la división oriental, y otra la occidental del Mediterráneo, aplicando la competente marinería a entrambas.

Además de los dos puertos, que eran los apostaderos principales de la armada romana, situáronse fuerzas considerables en Frejus sobre la costa de Provenza, quedando el Euxino con el resguardo de cuarenta bajeles y tres mil soldados. Hay que añadir la escuadrilla conservadora de la comunicación entre las Galias y Bretaña, y un crecido número de barcos apropiados al Rin y al Danubio para infestar el territorio y atajar el tránsito a los bárbaros 68. Redondeando la reseña general de las fuerzas imperiales en caballería e infantería, en legiones, en auxiliares, guardias y armada, el cómputo más crecido nos franquea apenas en los estados de mar y tierra más de cuatrocientos y cincuenta mil hombres; poderío militar en verdad formidable, pero que vino a igualar un monarca del siglo anterior, cuyo reino se reducía a una sola provincia del 1mperío romano 69.

Hemos ido manifestando, tanto la fuerza que sostenía como el sistema que entonaba el poderío de Adriano y de los Antoninos: vamos ahora a delinear con algún método y despejo las provincias allá enlazadas bajo un mismo señorío, y deslindadas actualmente en estados independientes y aun enemigos.

España, al extremo occidental del Imperio, de Europa y del mundo antiguo, ha conservado invariablemente en todos tiempos los mismos linderos naturales, a saber: el Pirineo, el Mediterráneo y el Océano Atlántico. Esta península grandiosa, dividida en la actualidad tan desigualmente entre dos soberanos, quedó repartida por Augusto en tres provincias, Lusitania, Bétíca y Tarragonesa. Abarca ahora el reino de Portugal el país belicoso de los lusitanos, y el cercén que tuvo aquél por levante queda compensado por su aumento de territorio hacia el norte.

Granada con todas las Andalucías, corresponde a la antigua Bética. Lo restante, de España, Galicia, Asturias, Vizcaya y Navarra, León y ambas Castillas, Murcia, Valencia, Cataluña y Aragón, estaba embebido en el tercero y mayor de los gobiernos romanos, el cual, por el nombre de su capital, se llamaba provincia de Tarragona 70. Los celtíberos eran los más poderosos, así como los cántabros y astures los más indómitos de todos los bárbaros. Al abrigo de sus riscos, fueron los últimos que se rindieron al yugo romano, y los primeros en sacudir el de los árabes.

La antigua Galia, abarcando cuanto media entre el Pirineo, los Alpes, el Rin y el Océano, era más dilatada que el actual reino de Francia.

A los dominios de esta poderosa monarquía hay que añadir, además de sus nuevas adquisiciones de Alsacía y Lorena, los cantones suizos, los cuatro electorados del Rin y los territorios de Lieja, Luxemburgo, Henao, Flandes y el Brabante. Cuando Augusto fue imponiendo leyes a las conquistas de su padre, planteó una división de la Galia, no menos adecuada al avance de las legiones que a las corrientes de los ríos y a los principales distintivos nacionales, que comprendían hasta cien estados diversos 71. Apellidáronse por la colonia de Narbona el Langüedoque (Languedoc), la Provenza, el Delfinado, y la costa del Mediterráneo; explayábase el gobierno de Aquitania desde el Pirineo al Loira; llamábase Galia céltica todo el país situado entre aquel río y el Sena, que luego tomó su nombre de la célebre colonia de Lugduno o León. Estaba la Bélgica allende el Sena, y ceñíala el Rin en tiempos anteriores; pero los germanos, poco antes del tiempo de César, a impulsos de su valor desmandado, se apropiaron una porción considerable del territorio belga.

Abalanzáronse los conquistadores romanos a proporción tan halagüeña, y aplicaron a la Galia fronteriza del Rin, desde Basilea a Leida (Lérida), los nombres grandiosos de Germanía Alta y Baja 72; y así, en tiempo de los Antoninos, las seis provincias de la Galia fueron la Narbonesa, la Aquitania, la Céltica o Leonesa, la Bélgica, y ambas Germanias.

Tuvimos ya motivo para mencionar la conquista de Bretaña y deslindar su provincia romana, que comprendía toda la Inglaterra, Gales y los territorios bajos de Escocia hasta los freos de Dunbarton y Edimburgo.

Antes del avasallamiento de la isla, estaba desigualmente dividida en treinta tribus bárbaras, siendo las más notables los belgas al poniente, los brigantes al norte, los silures al mediodía en Gales, y los icenos en Norfolk y SufoIk 73. En cuanto cabe rastrear por la semejanza de habla y costumbres, pobláronse España, Galia y Bretaña por la misma casta de salvajes valerosos; pues antes de rendirse a las armas romanas, batallaron por el campo y renovaron la lid repetidamente, y aun después de avasallados, vinieron a formar la división occidental de las provincias europeas, explayándose desde las columnas de Hércules hasta la muralla de Antonino, y desde el desembocadero del Tajo hasta los manantiales del Rin y del Danubio.

Antes de la conquista, el país llamado ahora Lombardía no se conceptuaba como parte de Italia, pues se hallaba ocupado por una colonia poderosa de galos, quienes, poblando las orillas del Po desde el Piamonte hasta Romania, dilataron sus armas y su nombre desde los Alpes al Apenino. Habitaban los ligures la costa peñascosa que forma en el día la república de Génova. No asomaba todavía Venecia, pero el territorio suyo que cae a levante del Adigio pertenecía ya a los vénetos 74. El centro de la península, que compone ahora el ducado de Toscana y el Estado Pontificio, tuvo en lo antiguo por moradores a los etruscos y umbríos, siendo deudora la Italia a los primeros de sus asomos primitivos de civilización 75. Besaba el Tíber las faldas a los siete cerros de Roma; y el país de los sabinos, latinos y volscos, desde aquel río hasta los confines de Nápoles, fue el teatro primero de sus victorias. Merecieron los primeros cónsules sus triunfos en aquel sitio decantado, donde engalanaron luego sus quintas los sucesores, y allí mismo su posteridad ha fundado conventos 76. Correspondían a Capua y la Campania el territorio inmediato de Nápoles, habitando lo demás del reino varias naciones guerreras, marsos, samnitas, apulios y lucanos, y floreciendo la costa con sus colonias griegas. Es de notar que, al dividir Augusto la Italia en once regiones, la corta provincia de Istria quedó también agregada al centro de la soberanía 77. Resguardaban el Rin y el Danubio las provincias europeas de Roma, y este grandioso río, que brota sólo a la distancia de diez leguas del otro, corre por espacio de cuatrocientas leguas, generalmente hacia el sudeste, y se acaudala más y más con el fruto de sesenta corrientes navegables, hasta que por fin desagua por seis bocas en el Euxino, pudiendo abarcar apenas aquel aumento de aguas 78. Apellidáronse luego Ilíricas, o la raya ilírica, las provincias del Danubio 79, conceptuándose las más belicosas del Imperio, pero merecen diferenciarse individualmente con los nombres de Recia, Nórica, Panonia, Dalmacia, Mecia, Dacia, Tracia, Macedonia y Grecia.

La provincia de Recia, que vino luego a extinguir el nombre de los vindelicios, se extendía desde la cima de los Alpes hasta las orillas del Danubio, desde su nacimiento hasta su confluencia con el Inn. La mayor parte de las llanuras pertenecen al elector de Baviera; la ciudad de Augsburgo es ahijada de la constitución germánica; guarécense los grisones en sus montañas, y el país del Tirol se cuenta entre las provincias numerosas de la casa de Austria.

El dilatadísimo territorio ceñido por el Inn, el Danubio y el Sava, Austria, Suiza, Carniola, Carintia, la Baja Hungría y la Eslavonia: todo se apellidaba antiguamente Nórica y Panonia, cuyos adustos naturales, allá en su estado primitivo de independencia, vivían estrechamente hermanados.

Siguieron a temporadas unidos bajo el Imperio romano, y permanecen todavía como patrimonio de una sola familia. Son ahora la residencia de un príncipe alemán, con el dictado de emperador de los romanos, formando el centro y la pujanza del poderío austríaco. No estará de más el advertir que, fuera de Bohemia, Moravia, los derrames septentrionales de Austria y parte de la Hungría entre el Teis y el Danubio, todos los demás dominios de la casa imperial quedaban embebidos en la extensión del Imperio romano.

La Dalmacia, a la cual correspondía más adecuadamente el nombre de Iliria, era una especie de faja entre el Sava y el Adriático, y su mejor porción por la costa, que conserva todavía su antiguo nombre, es una provincia de Venecia y el solar de la pequeña república de Ragusa. Su interior ha tomado los nombres eslavones de Croacia y Bosnia: el primero a las órdenes de un gobernador austríaco, y el otro a las de un bajá turco; pero todo el país está acosado por tribus de bárbaros, cuya independencia bravía apenas señala con alternativas el lindero variable de la potencia cristiana y mahometana 80.

Engrandecido el Danubio con las aguas del Teis y el Sava, apellidábase, a lo menos entre los griegos, el Ister 81, dividiendo la Mesia y la Dacia, conquistada la última, como hemos visto, por Trajano, y única allende aquel río. Si nos paramos a examinar el estado actual de aquellos países, hallaremos que a la izquierda del Danubio, el Temesvar y la Transilvania, tras varias revoluciones, se han agregado a la corona de Hungría, al paso que los principados de Moldavia y Valaquia reconocen el señorío otomano. Por la derecha del Danubio, la Mesia, que en la edad media quedó separada en los reinos bárbaros de Servia y Bulgaria, yace de nuevo bajo la servidumbre turca.

La denominación de Romelia, que aplican todavía los turcos a los dilatados países de Tracia, Macedonia y Grecia, está así conservando la memoria de su antiguo estado bajo el Imperio romano. En tiempo de los Antoninos, las regiones belicosas de Tracia, desde las cumbres del Hemo y Ródope, hasta el Bósforo y el Helesponto, quedaron constituidas en provincias, pero a pesar del cambio de dueños y de religión, la nueva ciudad de Roma, fundada por Constantino sobre la margen del Bósforo, ha seguido siendo la capital de una gran monarquía. El reino de Macedonia, que en manos de Alejandro avasalló al Asia, se granjeó ventajas más positivas con la política de entrambos Filipos, y con sus dependencias de Epiro y Tesalia se fue dilatando desde el mar Egeo hasta el Jónico.

Al recapacitar la nombradía de Tebas y Argos, de Esparta y Atenas, se hace trabajoso el conceptuar que tantas repúblicas inmortales de la antigua Grecia vinieran luego a perderse en una provincia sola del Imperio romano, la cual se titulaba Acaya, por el influjo preponderante de la liga aquea.

Tal era el estado de Europa bajo los emperadores romanos. Las provincias de Asia, sin exceptuar las conquistas pasajeras de Trajano, están embebidas en el poderío turco; pero en vez de ir siguiendo los arbitrarios descuartizamientos del despotismo y de la idiotez, será más acertado y entretenido el atenernos a la estampa permanente de la naturaleza.

Aprópiase con fundamento el nombre de Asia Menor a la península que, ceñida entre el Euxino y el Mediterráneo, se adelanta desde el Éufrates hacia Europa. La porción más extensa y floreciente, al poniente del monte Tauro y del río Halis, se engrandeció por los romanos con el dictado exclusivo de Asia, cuya jurisdicción abarcaba las antiguas monarquías de Troya, Lidia y Frigia, los países marítimos de los panfilíos, licios y carios, y las colonias griegas de Jonia, que igualaban en artes, aunque no en armas, la gloria de la metrópoli. La parte septentrional de la península, desde Constantinopla a Trebisonda, pertenecía a los reinos de Bitinia y Ponto; mas por la parte opuesta, la provincia de Cilicia terminaba en las cumbres de Siria, y el interior, deslindado por el río Halis del Asia romana, y de la Armenia por el Éufrates, formó allá en su tiempo el reino independiente de Capadocia. Debemos reparar aquí que las playas septentrionales del Euxino, allende Trebisonda en Asia, y el Danubio en Europa, reconocían la soberanía de los emperadores, recibiendo de sus manos ya príncipes tributarios, o ya guarnición romana.

Budzak, la Tartaria, Crimea, la Circasia y la Mingrelia son las denominaciones modernas de aquellos países bravíos 82.

Bajo los sucesores de Alejandro, la Siria era el asiento de los Seléucidas, quienes reinaron en la Alta Asia, hasta que la rebelión triunfadora de los partos estrechó su señorío entre el Euxino y el Mediterráneo.

Avasallada la Siria por los romanos, sirvió de confín oriental a su Imperio:

ni le cupieron a esta provincia en su mayor ensanche más lindes que la Capadocia al norte, y por el sur los confines del Egipto y del Mar Rojo. Agregáronse a temporadas la Fenicia y la Palestina a la jurisdicción de Siria, siendo la primera una costa estrecha y peñascosa, y la segunda un territorio muy poco aventajado a Gales en extensión y fertilidad; pero descollarán entrambas para siempre en la memoria humana, puesto que América, al par de Europa, recibió las letras de la una, y la religión de la otra 83. Un desierto arenoso, igualmente falto de arbolado y agua, va ciñendo sesgamente la Siria, desde el Éufrates hasta el Mar Rojo. La vida vagarosa de los árabes corresponde a su independencia, y donde quiera que en tal cual sitio menos estéril que los demás se arrojaban a plantear alguna morada, quedaron también avasallados al Imperio romano 84.

Solían los geógrafos antiguos mostrarse dudosos acerca de la parte del globo en que debían colocar el Egipto 85. Hállase aquel decantado reino por su situación en la península inmensa del África, pero es únicamente accesible por la parte del Asia, cuyas revoluciones en todas épocas ha ido rendidamente siguiendo. Señoreábase un prefecto romano en el trono esplenderoso de los Tolomeos, y un bajá turco está ahora empuñando el cetro de hierro de los Mamelucos. Atraviesa el Nilo el país por espacio de cerca de doscientas leguas desde el trópico de Cáncer hasta el Mediterráneo, y va señalando por ambas márgenes el ámbito de la fertilidad por la extensión de su riego. Cirene, situada al poniente por lo largo de la costa, fue al pronto colonia griega, luego provincia de Egipto, y desapareció por fin con el desierto de Barca.

Dilátase la costa de África, desde Cirene al Océano, por el trecho de quinientas leguas; pero la ciñen tan estrechamente el Mediterráneo y el Sáhara o el arenal, que viene a reducirse a veinte o veinte y cinco leguas de ancho, y la parte oriental era la que conceptuaban los romanos como la provincia propia y peculiar de África. Habitaron el país fértil, hasta la llegada de las colonias fenicias, los libios, sumamente bozales.

Emporio y centro fue del comercio bajo la jurisdicción inmediata de Cartago; pero ahora ha venido a parar el país en los estados débiles e incultos de Túnez y de Trípoli. El despotismo militar de Argel está tiranizando la dilatada Numidia, unida por algún tiempo bajo Masinisa y Yugurta; pero estrecháronse sus linderos en la época de Augusto, y más de dos tercios del país se apellidaron Mauritania con el sobrenombre de Cesariense. La Mauritania legítima o país de los moros, que por la antigua ciudad de Tinji o Tánger se distinguía con el nombre de Tinjitania, es ahora el reino de Fez; y Salé, a orillas del Océano, tan disfamado en el día por su sentina de piratas, se apuntaba por los romanos como el sumo extremo de su poderío y casi de su geografía. Asoma todavía una fundación suya junto a Mequinez, que es la residencia de un bárbaro que nos allanamos a apellidar emperador de Marruecos; mas no aparece que sus dominios más meridionales y el mismo Marruecos y Sejelmesa quedasen nunca comprendidos en la provincia romana. Los ramales del monte Atlas se van internando por la parte occidental del África, empinando allá sus cumbres y fomentando la fantasía de los poetas 86bajo un nombre que abarca el dilatado piélago que separa el antiguo y el nuevo continente 87.

Terminado ya el giro del Imperio romano, notaremos que España está separada del África por un estrecho de tres o cuatro leguas, por el cual se introduce el Atlántico en el Mediterráneo. Las columnas de Hércules, tan decantadas en la antigüedad, eran dos montañas que al parecer fueron sajadas por alguna convulsión de los elementos, y la fortaleza de Gibraltar está ahora situada a la falda del peñasco europeo. Abarcaba el señorío romano toda la extensión del Mediterráneo con sus islas y costas.

Entre las islas más crecidas, las dos Baleares, Mallorca y Menorca, que traen su nombre de su magnitud respectiva, con la de Ibiza, pertenecen a España. Córcega corresponde a la Francia, y dos soberanos de Italia toman su regio dictado de la Cerdeña y Sicilia. Creta o Candía, con Chipre y las más de las islillas de Grecia y Asia, yacen avasalladas por los turcos, mientras el peñasco de Malta ha estado burlando su poderío, y descolló bajo una orden militar con decantada opulencia.

Esta larguísima lista de provincias, cuyos trozos han ido formando tantos reinos poderosos, debe en parte inclinarnos a disimular el engreimiento y la ignorancia de los antiguos. Deslumbrados con el dilatado señorío, la pujanza incontrastable y la moderación positiva o aparente de los emperadores, tenían a bien menospreciar, o tal vez trascordar las desviadas regiones que se avenían a dejar en el goce de su bárbara independencia, y fueron por puntos adoptando la aprensión de equivocar la monarquía romana con el globo de la tierra 88pero los alcances y el pulso de un historiador moderno requieren otro estilo más esmerado y sensato; y podrá estampar un concepto más atinado de la grandiosidad de Roma, anotando que el Imperio tenía más de seiscientas leguas de ancho desde la valla de Antonino y los linderos septentrionales de Dacia hasta las cumbres del Atlas y el trópico de Cáncer, extendiéndose por su largo en el espacio de más de mil leguas, desde el Océano Occidental hasta el Éufrates; que estaba situado en la parte más preciosa de la zona templada, entre los veinte y cuatro y cincuenta y seis grados de latitud boreal, y que se suponía contener más de quinientas mil leguas cuadradas, por lo más, de terreno fértil y bien cultivado 89.


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