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Haroldo Conti
Cuentos Completos

Nota del editor

Este volumen contiene los cuentos de Haroldo Conti ordenados cronológicamente, tal como aparecieron en los libros Todos los veranos (1964), Con otra gente (1967) y La balada del álamo Carolina (1975) y en diversas revistas de nuestro país y del exterior. Los cuentos que aparecen en más de un libro han sido publicados aquí de acuerdo con la última edición. Los apareci­dos en revistas son los siguientes: "Marcado", Baires, verano 1963/64, Buenos Aires; "Con gringo", Casa de las Américas, N° 71, 1972, La Habana; "La espera", Revista Latinoamerica­na, N° 1, 1972, Buenos Aires; "A la diestra", publicado en forma póstuma en Casa de las Américas, N° 107, 1978, La Habana.

En esta segunda edición se agrega "Rosas de picardía", cuento de juventud, publicado en Crisis, N° 50, enero 1987.

Marcado



A Einion Jones, que un día volverá del mar.
Fue en el 58, un poco antes de la Gran Creciente.

El Clara Donadel bajaba de los Pozos del Barca Grande y entonces lo vieron en medio del río amarrado a una de las boyas del Canal de las Palmas. A esa misma altura, en el 24, se habían hundido el Maca y el 7 Hermanos.

El río es memoria.

El Gallo Britos, que es mucho más viejo de lo que aparen­ta, aunque en realidad no aparenta ninguna edad de hombre y puede ser tan viejo como el mundo, recordaba el día o por lo menos el tiempo. Mayo del 58. La Creciente fue en julio. El 28 de julio, exactamente. La fecha y la marca están en mitad del mostrador del almacén del vasco Ibargoyen, en el Pantanoso, donde todavía queda el surtidor de Energina, medio tumbado, que de lejos parece el propio vasco haciendo señas a la lancha almacenera.

Lo vieron ahí de golpe, como si hubiese brotado del agua, despegándose en un zas del borde neblinoso de la costa que estaba todavía a otro tanto de camino. Porque se encontraban muy cerca cuando verdaderamente repararon en él, blanco y leve, meciéndose sobre el río atardecido como un pájaro contra cielo plomizo de Buenos Aires.

—No conozco ese barco —dijo el viejo Caligari al cabo de un rato, frotándose aquellos grasientos bigotes que le cruzaban la cara como la cruceta de un palo Marconi—. ¿Y vos, Britos?

El Gallo se encogió de hombros. Si no lo conocía el viejo no lo conocía nadie.

El viejo tenía un modo de hablar fuerte y pausado, como si tratara de disipar aquella ancha soledad con esos sonidos tan espaciados que resumían unas cuantas ideas. Eso era cada frase del viejo, un resumen definitivo de algo que había pensado un buen rato en la timonera. Al Gallo le gustaba escucharlo porque era como escuchar al río, sobre todo cuando se sobaba el bigote y hacía buchecitos de ginebra en el bar Los Gallegos, al lado del Puerto de Frutas y el tiempo se confundía con el viejo.

Ahora estaba observando al hombre desde la tapa del tambucho mientras volvía a sobarse los bigotes.

El tipo, de pie en la proa con un cabo guía en la mano, tenía un rostro redondo y enrojecido, salpicado por una barba de dos o tres días. Calzaba una boina negra y una faja de lana y un par de botas de goma, de manera que más bien parecía un lechero.

—No es textual —dijo el viejo, que a veces largaba frases de letrado, un poco incomprensibles.

El Gallo se encogió de hombros. Tampoco lo conocía.

Seguramente hacía un buen rato que los estaba viendo, desde que viraron del Canal Principal y, un poco antes de la boya ciega entraron a los Pozos del Barca. Primero la figura vacilante del Clara que asoma como una cresta y se empina en el horizonte a los empujoncitos. Y después los golpes del motor que rebotan en la distancia, un poco delante o un poco detrás de la figura.

Ahora los seguía mirando sin mover un dedo, recostado contra el palo como un compadrito, con una pierna atravesada delante de la otra mientras el Clara Donadei se le aproximaba por la proa y el viejo entraba y sacaba el cambio a las patadas sin quitarle los ojos de encima .

—¿Qué te parece, Britos?

—No me parece nada.

El Clara se puso a la par y entonces el hombre se animó de pronto.

— ¡Ahí va ese cabo! —gritó.

Y lo vieron saltar igual que un gato, a pesar de sus cien kilos, por lo menos, y lanzar el cabo guía con un movimiento oscilatorio de abajo hacia arriba, que es como se debe hacer, no revoleándolo alrededor de la cabeza como un lazo, de manera que vino a caer justamente a los pies del viejo que había dejado la timonera, según su costumbre.

Por unos segundos, menos todavía, ellos vieron la "pina" que perforaba el aire, negra y precisa, siguiendo al parecer un trazo perfectamente concebido, hasta que cayó a los pies del viejo con un golpecito amortiguado. Ninguno de los dos se movió hasta entonces, absortos en ese breve espectáculo, y recién cuando la "pina" golpeó en la cubierta y estuvo a punto de caer al agua, el viejo le puso un pie encima.

—Este hombre sabe lo que hace —dijo el viejo examinan­do la "pina" como si se tratara de la mano del Polo y sin preocuparse por afirmar el cabo, ni siquiera por recogerlo—. Es una "pina" hecha con un nudo "puño de mono"... un nudo inmemorial.

—¿Agarran o no? —gritó entonces el Polo con una voz áspera, un poco de falsete.

Parecía una orden. El viejo y el Gallo se miraron. El viejo se frotó los bigotes.

—Es como para mandarlo a la mierda —dijo a su manera pausada.

El Gallo se encogió de hombros.El viejo recogió el cabo y lo afirmó a la bita. El barquito se mantuvo unos instantes a la par del Clara Donadei y después se escurrió hacia la popa con un cabeceo de resistencia, hundiendo un poco la trompa y afirmándose en el agua como si fuera a despegar.

—¿Qué le pasa? —preguntó el viejo desde lo alto con la cabeza del hombre a la altura de sus pies cuando pasó exacta­mente frente a ellos y lo tuvieron más cerca que nunca.

—¡El magneto!

—¿Quiere una mano?

—No. No quiero nada. Como no sea que me remolquen — gritó la voz ahora un poco más atrás.

—¿A dónde va?

—Me da lo mismo... A donde vayan ustedes.

El viejo iba a añadir algo pero el hombre desapareció de la cubierta con un movimiento rápido y silencioso, deslizándose a través del tambucho que se abrió y lo tragó como la trampa de un escenario.

—Es mejor que lo tire —dijo el viejo a pesar de todo—. Cuando un magneto empieza así es mejor que lo tire.

Se frotó los bigotes y pateó el cambio.

—¿Te acordás del Benito!

El Gallo se encogió de hombros cuando en realidad debió sacudir la cabeza.

—La buceta aquella de Paco Avendaño con una mayor cangreja. ¿Te acordás?

—Me arrecuerdo.

—Es lo que le dije al Paco... ¿Te acordás del Paco?... Tíralo antes de que te arruine la vida, le dije... No es la plata, dijo él, es que me da rabia... Pero entonces, dije yo, mucho peor... cualquiera sabe que no es la plata, dijo él, como si no me entendiera. El Benito vale cincuenta de estos putos magnetos, y eso y todo que es un magneto con disparador... Aunque valiera mucho menos, dije yo, tratando de volver al tema... Cómo menos, gritó entonces hecho una furia, cómo va a valer menos que cincuenta de estos mierdas?... Y en eso me di cuenta de que había perdido la cabeza. Dos días después lo roció con nafta, al Benito, y le prendió fuego... Cualquiera pudo pensar que el barco no valía ni siquiera un magneto. ¿No te parece?

El Gallo esta vez sacudió la cabeza.

—Hay esa clase de locos por estos lados.

Por la noche entraron al puerto de San Fernando.

A la mañana, cuando se asomaron por la popa, el barquito había desaparecido.

—Me pareció que traían un remolque —dijo el marinero a la otra noche.

—Eso me pareció —dijo el viejo.

Apenas era una sombra, acurrucada en la popa junto a la cocina económica que despedía un resplandor anaranjado.

—¿Estuvo aquí el marinero de día?

—Sí, por la mañana.

—No lo había visto antes —dijo el marinero.

—Yo tampoco —dijo el viejo.

Por el momento no le dieron importancia. Pero un tiempo después, cuando empezaron a correr aquellas historias, ellos pensaron que aquel había sido un día para recordar.

El Polo reapareció al año siguiente, justamente un poco antes de la otra gran creciente, es decir, en abril del 59, y con aquel otro tipo de tenebrosa memoria, el Faca Sacomano, ba­jando del Norte, dicen que de la isla Juncal donde mora y gobierna la vieja Julia Lafranconi. Algunos lo habían dado por muerto en el tiroteo del Confitero. Pero reapareció con el Faca ese abril que dejó otra muesca en el mostrador del vasco Ibargoyen con una fecha al lado escrita con pintura de casco, 15-4-59. Verdaderamente, ahí comienza la historia por lo que le toca al Polo, aquí en la costa.

Anduvieron sobre el río tres años desde entonces, unidos al parecer por alguna circunstancia inexplicable. Porque ellos estaban allí, sobre aquel barco de aspecto vagabundo, como dos extraños en la plataforma de una estación, cada uno esperando por su destino. No se habían propuesto nada en particular y a veces se miraban a la cara un poco desconcertados por lo que resultaba a pesar de eso. Les sorprendía sobre todo esa especie de tácito acuerdo y esa unanimidad de fondo con respecto a las cuestiones de verdadero interés.

El barco, que se llamó Lucía, no era barco de estas aguas. Tenía arboladura de yawl, esto es, un palo macho de abeto noruego con mastelero, lo cual le daba una vieja prestancia, y un piolo en el tercio de popa, vale decir un mesana, con un fuerte cazaescotas que le alargaban la figura. Buen barco, pero no de estas aguas.

Primero fue el asunto del Donovan, que había varado en la boca del Diablo. El Polo conocía al Donovan, un cúter cons­truido en Inglaterra en el 92. Ahora estaba ahí, "ese barqui­to como a mí me gusta", recostado sobre la banda de estri­bor, manso y resignado como un gran pez que boquea en la playa.

Pasaron frente a él, no muy cerca de la costa, y el Polo dijo:

—Me cago si no es el Donovan.

—Es la tercera vez en dos años... Sí, es el Donovan.

El Polo saltó sobre la carroza con sus ciento diez kilos a cuestas como si tal cosa y ahora estaba observando al Donovan a través de aquel viejo Carlzeiss Dodekar con el cual, un tiempo después, le partió la cabeza al negro Medina.

—Ahora mismo estoy viendo los dos mil kilos de plomo que tiene en la quilla —dijo al cabo de un rato con una voz muy lenta.

—Mil ochocientos.

Y los dos se miraron con un ligero asomo de sorpresa, casi a su pesar, aunque estaban pensado en la misma cosa.

Ese fue el primer trabajo, la quilla del Donovan.

Compraban y vendían, en el mejor de los casos, porque más a menudo robaban y vendían. Claro está que el Polo no lo entendía así ya que el riesgo le parecía un costo razonable.

Primero desmantelaron los barcos varados, hundidos o abandonados.

Después cualquier barco. Algunos los llamaban "madrecitas" y otros, con más precisión, "peste del agua". En cualquier caso, ninguno dejaba de reconocer que era la única forma de conseguir ciertas cosas.

—Quiero unos ojos de buey como los del Magnolia —de­cía alguno, por ejemplo.

Y dos o tres días después volvía y decía:

—No pueden ser más iguales.

Así anduvieron, aquí en la costa, esos tres años. La historia del Polo arrastraba por entonces la historia del Faca, que des­pués arrancó sola y creció en desmesura hasta que terminó con gran final en el Brazo de la Tinta. Y una estrella negra parecía presidir esa historia.

No siempre las cosas resultaban bien. Por el contrario, a veces resultaban bastante mal. Es lo que sucedió con el Com­padrito. Alguien dijo que estaba varado en una punta del Canal Este.

—No creo esa historia —dijo el Polo.

Pero de todas maneras recorrieron el canal y encontraron el Compadrito varado efectivamente en uno de los extremos.

El Polo se rascó la cabeza y aunque no dijo nada, era evidente que seguía sin creerlo.

Pasaron frente al Compadrito con el motor reducido y el Polo lo observó desde la cabina a través del viejo Carlzeiss.

No se veía a nadie.

Sin embargo, cuando al otro día decidieron acercarse comprobó que estaba en lo cierto. Pero entonces era demasiado tarde.

Ellos alcanzaron a ver aquellos dos caños negros y relu­cientes que de improviso asomaron por una ventana del Com­padrito y los enfocaron como dos ojos de muerto. Y casi al mismo tiempo, pero con el suficiente para apreciar cada cosa

por separado, escucharon ese rabioso zumbido que pareció brotar del aire, muy cerca de ellos.

—¡Yo lo dije! —rugía el Polo disparando sin pausa el Mannlicher 1895 que tronaba como un cañón y hacía saltar puñaditos de astillas de la carroza del Compadrito.

Y el otro, entretanto, queriendo arrancar el motor. Y, por encima de todo ese estrépito la voz enardecida del Negro Medina que les gritaba:

—¡Esperen, hijos de puta!...

El Polo sangraba del brazo izquierdo y tenía otra herida en una pierna pero siguió disparando hasta que lo perdieron de vista.

Ya habían escapado tres veces a la Prefectura. La última embicaron en una zanja, entre el Correntoso y el Lima, y estuvieron toda la noche oyendo los bramidos de la lancha patrullera. Saltaron a tierra y, acurrucados en la maleza, veían los ojos resplandecientes de los reflectores que se revolvían inquietos en la oscuridad. Y el Polo aferraba el Mannlicher con ese aire de fría resolución que le endurecía el rostro, mientras el otro le murmuraba al oído, sin esperanza:

—Es lo peor que podemos hacer.

Un día dijo, también sin esperanza.

—Podríamos dedicarnos a otra cosa. Una verdadera cosa.

El Polo lo miró de esa manera tan especial, ausente o vacía o triste, y no dijo nada. Parecía darse cuenta de que, tarde o temprano, el otro lo iba a abandonar. Y eso más bien lo entris­tecía, no lo exasperaba.

En cuanto al otro, el Faca, tenía su tristeza también. Pero marchaba detrás de su propia estrella, como el Polo, y no se podía hacer nada para desviarlo.

De manera que un buen día dijo, hablando de varias cosas a la vez, un poco sin sentido porque no venía del todo al caso:

—Creo que esto ya no da para más...

Y el Polo lo miró con esa mirada suya.

—Quiero decir...

—Eso pregunto, ¿qué querés decir?

—Que hemos ido demasiado lejos.

—No me parece... o no te entiendo.

—Yo creo que sí.

—¿Qué cosa?

—Que se entiende.

Y no hablaron más porque estaba todo dicho. El resto del día el Faco trató de evitarlo. Hasta que entró la noche y bajó a tierra y no volvió más.

Todos saben cómo terminó el Polo.

En algún momento reemplazó el viejo Rugby de 4 cilin­dros, que antes había pertenecido al Brutietto Latini, por un Penta marino que tiraba como el diablo. Pero de cualquier forma estaba visto que iban a terminar con él.Un día le salieron al paso en la boca falsa de la Barquita, con el agua alta. Él se irritó ligeramente porque volvía del Barca Grande, donde había estado pescando a la altura del Correntino, de manera que no traía nada. Salvo aquella sorpresa que les tenía reservada para un casa así.Los vio venir desde el río abierto, bordeando los bancos que tenía a cada lado, así que no le quedaba otra alternativa que echarse por el medio.Entonces redujo el motor y se quedó esperándolos con ese gesto de fría resolución que sobrecogía al otro. Ellos, natural­mente, no alcanzaron a ver ese gesto. Y cuando los tuvo cerca y le dieron la voz de alto apenas dijo, rascándose la cabeza:

—Bueno, la verdad es que estoy parado. —Te vamos a remolcar, hijo de una gran puta —dijeron ellos a su vez apuntándole a la cabeza. —Como ustedes quieran.

Y se agachó y recogió un cabo guía con una de esas hermosas pinas "puño de mono". La retuvo un momento entre las manos y luego la balanceó y la arrojó limpiamente dentro del cockpit de la patrullera, la que se acercó por el sudeste.

Los milicos vieron venir la pina y detrás el cabo, y cuando la pina golpeó contra el piso algo dentro de ella estalló en mil pedazos. Y tal vez en una fracción de segundo sus ojos miraron con desmesura cuando ya estaban volando sus cuerpos desga­rrados, y el Polo les gritaba por si acaso:

—¡ Agarren eso, hijos de mil putas!...

Y aceleró el motor y pasó por el lado que había quedado despejado.

Estuvieron en eso todo un día. Hasta que él, por fin, decidió esperarlos en medio del río, a la altura del Teresa Rosa que se hundió en el.Ellos lo vieron ahí, completamente quieto contra el cielo plomizo del Este. Un barco de aspecto vagabundo, blanco y leve como un pájaro, cabeceando en la marejada. Y todavía estu­vieron otro medio día disparando sobre él desde cierta distancia, sofocados por el calor y por el intenso olor a nafta, hasta que el Polo emergió de la cabina enceguecido por la sangre y el barco se les vino encima con el Penta que bramaba como si fuese a estallar.

Los tomó de través y volaron en pedazos, porque el Lucía tenía preparado algo sobre el tanque mismo y el Polo se cuidó de presentarles la proa mientras le estuvieron tirando. El ruido se oyó desde la costa y se vio el fuego hasta bien entrada la noche. El viejo Caligari estaba sobre la cubierta del Clara Donadei, en medio del río, y lo vio todavía desde más cerca.

Así terminó el Polo, que en paz descanse. Ni siquiera hay una boya verde que lo recuerde.




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